lunes, 21 de octubre de 2013

AVANCE DE 20 MANERAS DE ENTRAR EN SEVILLA


Esta semana sale a la luz mi nuevo libro: '20 maneras de entrar en Sevilla', dedicado a las puertas que antaño tuvo la muralla de la ciudad. Aquí os dejo como avance su introduccción. Espero que os anime a leerlo.





INTRODUCCIÓN


Las crónicas más antiguas refieren la existencia en Sevilla de una muralla prácticamente desde su misma fundación. El hecho de que la ciudad fuera emplazada sobre un no muy alto promontorio rodeado de una gran llanura fluvial la hacía vulnerable ante cualquier ataque, de ahí que no resultara muy conveniente mantenerla desguarnecida y, por tanto, expuesta a las belicosas apetencias ajenas. El único modo que entonces se conocía de conjurar ese peligro era levantar a su alrededor un muro protector.
De la época romana, concretamente del año 49 antes de Cristo, data la primera referencia hallada sobre la existencia de una muralla en Hispalis. Se trata de la que supuestamente mandó construir Julio César, quien había estado por aquí veinte años antes luchando contra los lusitanos. De esa muralla se han encontrado algunos vestigios sepultados en zonas del centro de la ciudad, como la calle Laraña o las proximidades del templo de Santa Catalina. Naturalmente, los de la muralla romana nada tienen que ver con los restos aun visibles de la que sería levantada por los almohades muchos siglos después de la conquista islámica de Sevilla.
Sobre la autoría de esta muralla existe una cierta discusión en torno a la posibilidad de que los almorávides pudieran haber participado en su construcción, sin embargo, la opinión hoy más extendida la atribuye exclusivamente a los citados almohades, por lo que estaríamos hablando de una obra tardía dentro del período de dominio musulmán.
Para su construcción se utilizó un material denominado tapial y una metodología consistente en colocar dos tableros de madera verticales y paralelos, separados a una distancia igual al grosor que se quiso dar al muro, sujetos el uno al otro por medio de unos palos de madera, a modo de travesaños, llamados ‘agujas’. Se creaba así un molde que luego era rellenado con el tapial, a la sazón una amalgama formada por piedras, piezas de ladrillo o cerámica, arena y mortero de cal. Como se ha podido constatar en los restos de la muralla llegados hasta nuestros días, este sistema constructivo provocó diferencias de calidad en los muros, fundamentalmente dependiendo de la distancia a la que estuvieran del río, debido a la posibilidad de usar más o menos cal, más o menos guijarros.
La construcción de la muralla fue una obra colosal para su época. Con una anchura de dos metros y medio, sus paredes cubrían un perímetro de 7314 metros, englobando una superficie de trescientas hectáreas y estableciendo las lindes definitivas del casco histórico de Sevilla, si bien buena parte del mismo en aquel primer momento aún permanecía básicamente sin urbanizar y destinado a uso agrícola, llegando en ese mismo estado hasta bien entrado el siglo XIX.
La muralla fue concebida como una máquina militar, un instrumento para la defensa de la ciudad, de ahí que en su origen presentara diferencias notables con respecto a la que hemos conocido a través de grabados. Diferencias que, precisamente, atañían sobre todo a la configuración de las puertas, en cuyo diseño se hacía particularmente patente el sello islámico de sus constructores, aunque también contaba con otro tipo de pertrechos, como fosos inundados y puentes levadizos para salvarlos, que acentuaban aún más esas diferencias.
El historiador Alonso Morgado, que llegó a conocer las puertas de la época islámica, dice al describirlas que contaban con ‘revellines’ y ‘revueltas’. Los revellines eran una especie de barbacana o muro anterior que cubriría el frontal, mientras que las revueltas aludían al acceso en recodo, característico de la cultura islámica, con dos puertas situadas en un ángulo de noventa grados. Por lo tanto, las puertas de la muralla no se abrían originalmente hacia el frente, sino que más bien consistían en un saliente al cual se accedería por uno de sus laterales, y una vez dentro se pasaba al interior de la ciudad a través de la otra puerta situada en perpendicular a la primera. Como resulta evidente, las primitivas puertas de la muralla no tenían nada que ver con esos arcos triunfales que luego se abrieron en ella durante la primera gran transformación a la que fue sometida De las cuatro que hoy en día siguen en pie, sólo una de ellas, la de Córdoba, mantiene las trazas originales. Todas las demás, incluso aquellas que serían derribadas en el siglo XIX, fueron objeto de una transformación que si la analizásemos con los criterios actuales de conservación del patrimonio sería catalogada como una agresión en toda regla a un monumento. Sin embargo, nadie consideraba entonces a la muralla como un monumento; era sólo un equipamiento público más, como hoy podrían ser el alumbrado público, las señales de tráfico o el alcantarillado.



La importante reforma que para la muralla significó la modificación radical de sus puertas estuvo propiciada por una evolución en su finalidad que, sin dejar de ser defensiva (pues aún protegía la ciudad de las crecidas del río y también, aunque no con demasiada efectividad, de epidemias), adquirió un carácter más administrativo, estableciéndose como una linde o frontera del municipio, en cuyas puertas, que se abrían al salir el sol y cerraban al caer la noche, debían pagarse tributos para introducir mercancías en la ciudad.
Además, cuatro de las puertas, aquellas que miraban hacia los puntos cardinales, cumplían también una función simbólica, estableciéndose como puntos de referencia para los límites geográficos de la Diócesis de Sevilla. El abad Sánchez Gordillo los señala en su libro sobre los Arzobispos. ‘Al Oriente, la de Carmona, y por ella alcanza quince leguas hasta la ciudad de Ecija; al Mediodía, la de Xerez, y por ella veinte leguas hasta el Puerto de Santa María; al Septentrión, la de la Macarena, y por ella quince leguas hasta San Nicolás del Puerto; al Occidente, la de Triana, y por ella veinte y cinco leguas hasta Ayamonte’. Ocho ciudades y ciento ochenta villas y lugares comprendía la jurisdicción antaño gobernada por el prelado hispalense.
Lamentablemente, la mayor parte de las puertas de la muralla, así como ésta, no han llegado hasta nuestros días, pues casi todas fueron derribadas durante la revolución liberal de 1868 en un proceso que, además de estar plagado de irregularidades, significó una gran pérdida patrimonial para Sevilla.
Ochos siglos de avatares tal vez fueran demasiado enemigo para esa fortificación, gran parte de la cual acabó cayendo rendida. No obstante, y como evidencia de su magnitud, de ella queda aún en pie mucho más de lo que aparentemente se ve. Las páginas que aquí comienzan invitan al lector a descubrirlo.

viernes, 18 de octubre de 2013

¿LAS SETAS, MONUMENTO NACIONAL?

No todo el mundo es como el tipo que gestiona este blog. También hay a quienes les gustan las setas de la Encarnación, la Torre Pelli y, en un momento dado, hasta la Puerta Jerez, con sus bancos de madera de palier, su catálogo de farolas variadas y sus postes del tranvía. El portavoz de la asociación 'Sevilla se mueve', José María Bascarán, lo demostraba en la entrevista que a continuación podréis leer y que en su día le hice para El Mundo, donde además auguraba que los edificios actualmente más controvertidos de la ciudad se convertirán algún día en Bienes de Interés Cultural. ¿Estáis de acuerdo? Yo, no.

 

miércoles, 16 de octubre de 2013

ANTONIO CRUZ, ALTO Y CLARO

El prestigioso estudio de arquitectura sevillano Cruz & Ortiz acaba de recibir el premio 'Abe Bonemma' por la remodelación del Rijksmuseum de Amsterdam, realizada bajo su dirección. El citado galardón ha sido establecido para reconocer los trabajos arquitectónicos innovadores y de calidad llevados a cabo en Holanda.


El fallo del jurado, hecho público el pasado 11 de octubre, destaca la 'gran calidad de la obra premiada, resaltando además la elección de los materiales empleados en ella y la excelente labor de coordinación de todos los implicados en un proyecto del que estaba pendiente todo el país, máxime al estar siendo dirigido por arquitectos extranjeros'.


En representación del estudio galardonado, recogió el premio Antonio Cruz, quien hace algunos meses nos concedía esta jugosa e ilustrativa entrevista que no tiene desperdicio y pone en su sitio a los defensores de la 'falsa modernidad' arquitectónica.


lunes, 14 de octubre de 2013

20 MANERAS DE ENTRAR EN SEVILLA

Ya está en la imprenta y pronto verá la luz. Hemos puesto mucha ilusión y cariño en este libro donde se reconstruyen virtualmente las puertas de la antigua muralla de Sevilla.
 Este es un viaje a un lugar que ya no existe. Un recorrido alrededor de una ciudad que nadie ya recuerda, pero de la que aún nos llegan ecos, a veces imperceptibles, a través de los cuales puede todavía ser reconocida. Vestigios de un pasado que van más allá de la arqueología, pues permanecen también en el aire, las costumbres, el habla y la imaginación popular.
El año 1868, durante la llamada Revolución Gloriosa, se decretó, en nombre del progreso, el derribo de la muralla que durante siglos rodeó la ciudad de Sevilla y que hasta entonces había sido una de sus señas de identidad. Veinte puertas, alguna de ellas apócrifa, abrían aquella muralla a la rosa de los vientos. Veinte formas de entrar en la enigmática y esquiva ciudad de Sevilla. Veinte formas también de abandonarla.
Aunque oficialmente destruida, la muralla mantiene en muchos lugares una existencia oculta, clandestina, que la mayoría ignora. Sigue siendo, pues, una seña de identidad de esta compleja, indefinible e inigualable ciudad.Convencido de que a veces la explicación de un enigma está más en la superficie que en el fondo de las cosas, la historia de las puertas de muralla sirve al autor de este libro, cuyo propósito es más sentimental que erudito, como pretexto para indagar en los misterios de Sevilla.

domingo, 13 de octubre de 2013

EL NOMBRE DE SEVILLA

El catedrático José Luis Escacena desvela en esta entrevista detalles muy interesantes, y desconocidos, sobre la historia de Sevilla. No todo es barroco ni Siglo de Oro en el pasado de nuestra ciudad. Hay mucho más allá. Dos milenios por lo menos.

 

LA NOCHE DE OTROS TIEMPOS

Sus nombres nos suenan a todos: Vespino, Hiroshima, Payaso, Molino Rojo. Eran como tiendas de barrio donde se expendía lujuria al detall. Mas, como les pasó a los comercios de ultramarinos, las whiskerías también debieron ceder el paso a las grandes superficies.


Aquella noche, M. se lanzó a deambular por la ciudad. Atravesaba una mala racha y padecía ese insomnio patológico que provocan los problemas sin aparente solución, que son precisamente los que tampoco tienen un origen claro. ¿Por qué, de repente, su matrimonio se había convertido en un infierno que no podía soportar? El caso es que eran las dos de la madrugada y necesitaba un trago. Al final de la calle solitaria vislumbró unas luces de colores que prometían algo de eso y resolvió encaminarse hacia ellas. Al llegar a la puerta comprobó que el local tenía pinta de ser un bar de copas, de esos que entonces la gente denominaba ‘pabs’, como textualmente vio alguna vez escrito, creía recordar que en La Algaba. ‘Pab Copacabana’, o algo por el estilo. El sitio era a unos metros del arco de la Macarena, casi en la esquina con la calle San Luis. La pinta era regular pero no había otra alternativa, de modo que para adentro.
Un presentimiento siniestro lo embargó nada más cruzar la puerta. Fue como si hubiera accedido a otra dimensión. Sin ser un neutrino, estaba viajando al pasado. Pidió un botellín. La sorprendentemente breve estancia (que permanecía envuelta en una penumbra que pretendía ser insinuante pero sólo resultaba tristemente deprimente) contaba con numerosas barras metálicas entre el techo y el suelo. Su fin no era servir de herramientas para las contorsiones eróticas de ninguna stripper, sino apuntalar el local, y probablemente también al personal e incluso la clientela. Como brotada de las tinieblas, una señora con edad para ser su madre se le acercó. Llevaba un tatuaje en el pecho, justo debajo de la clavícula, aunque más que el tatuaje, a M. le llamó la atención su piel, curtida y añosa, ajada por tantas noches vividas bajo la incierta aurora boreal de las luces de neón.
-¿Me invitas, hijo?
-Verá, señora, yo he venido sólo a tomarme una cerveza. ¿Esto no es un bar de copas?
-No, hijo, esto es un club, pero en la puerta no lo pone por respeto a la Virgen.
M. no pudo evitar sentir compasión por aquella mujer, al tiempo que una profunda tristeza. Pagó tres euros por el botellín, que dejó a la mitad, y salió corriendo de allí. Sin saberlo, huía de los restos de un naufragio, aquel local era, en realidad, un pecio hundido en la oscura fosa de la memoria; un rincón fuera del tiempo, el resto arqueológico de algo que hace ya mucho tiempo dejó de ser, dejó de existir.
Por aquel entonces aún no los llamaban puticlubs. En la puerta de aquellos locales ponía Night Club, pero para la gente eran whiskerías. De ahí surgieron los términos whiskera y whiskero, el primero para referirse a las señoritas, de voz generalmente grave y pausada (lo uno por el tabaco, lo otro por el alcohol) que trabajaban en ellas y el segundo para describir a los clientes habituales: tipos cuarentones de barriga protuberante, camisa estampada, a ser posible con motivos tropicales, desabrochada hasta la perpendicular del píloro dejando a la vista la pelambrera pectoral (en aquel tiempo depilarse el pecho , y no digamos ya la cejas, era de maricón) y la cadena de oro, expertos aficionados a las bebidas blancas y fumadores empedernidos de tabaco rubio, Winston, LM o Marlboro a ser posible.
Las whiskerías vivieron su edad de oro a principios de los años setenta, entonces los americanos también tenían por estos pagos un escudo antimisiles, aunque aquellos misiles no apuntaban tanto a Rusia o al Magreb como a estos pequeños locales que en aquellos años en que la moral del régimen franquista se estaba relajando proliferaron como una lúbrica plaga. Los había por todas partes. Desde el Cerro a Santa Clara, Triana y la Macarena, que diría El Pali, a quien Dios tenga en su Gloria. Un caso peculiar fue el barrio de Rochelambert, donde llegaron a coincidir hasta nueve whiskerías abiertas al mismo tiempo. La Casona se llamaba una; otra, Beethoven; si bien, la mayoría no tenía más nombre que la luz roja de la puerta.
Aunque en reputación estaban parejos, unos night clubs cobraron más fama que otros. El que más, sin duda, fue el Club Payaso, ubicado en la Enramadilla, que es como se llamó toda la vida de Dios eso que ahora la gente conoce como 'el Viapol'. El Club Payaso estaba junto al Bar Asturias y su apogeo, que lo tuvo, provocó la aparición en la zona de otros locales similares, como el Club Trébol y alguno más que durante unos años hicieron de la Enramadilla una suerte de trasunto del Barrio Rojo de Amsterdam. Todos ellos, empero, desaparecerían en vísperas de la Exposición Universal de 1992, arrastrados por la marea de escombros provocada por las transformaciones urbanísticas a las que el evento dio lugar.
No lejos de la Enramadilla, en la barriada Condes de Bustillo, estaba el Club Molino Rojo. Otro clásico. Se trataba de un garito minimalista y, como es lógico, oscuro, obviamente sin nada que ver con su homólogo parisino. Era lo que era y nadie esperaba encontrar en él más espectáculo que el que, de vez en cuando, pudiera dar algún borracho. El Molino cerró hace años y el local fue transformado en una tienda de informática.
Rojo era también el paraguas que daba nombre a una whiskería trianera, ubicada en la plaza de Chapina, también minimalista y embozada en la penumbra, cuya fachada fue engullida por el edificio del hotel Abbas. Y rojo igualmente era el ciclomotor que, eternamente aparcado en el techo de un local comercial de la avenida de la Cruz del Campo, donde soportaba estoicamente chaparrones y solanas, anunciaba la presencia del llamado Club Vespino. En su lugar, hubo luego una inmobiliaria que, a su vez, había sustituido a un bar especializado en mariscos. Sin comentarios.
Otro de los clásicos fue el night club Hiroshima, ubicado en la avenida de Miraflores, whiskería que estuvo funcionando (es un decir, porque cuesta trabajo creer que allí entrara nadie) hasta hace no demasiado tiempo. Ahora, tras unos cuantos años de una clausura que acaso hayan servido para que expiase sus lascivas culpas, acaba de reabrir transformado en bar de tapas. Ustedes mismos.
Como exóticos reductos de aquel ayer ya definitivamente ido, hoy en día aún permanecen abiertos algunos de esos garitos, aunque seriamente amenazados por la competencia de las grandes superficies instaladas en los polígonos industriales. El Meli en el Plantinar, el Eva (que comparte el logotipo de la manzana mordida con los Beatles, Steve Jobs o la ciudad de Nueva York) en Ciudad Jardín o el Madame Chicho en la calle Rockero Silvio de los Remedios. Nos guste o no, forman parte de nuestro paisaje cotidiano y, aunque no necesariamente de nuestra experiencia vital, sí de nuestra memoria sentimental y hasta de nuestro idioma. Lo que ya no se sabe es por cuánto tiempo.

domingo, 4 de marzo de 2012

LA PLAZA DE LA GAVIDIA




SOBRE HÉROES Y TUMBAS

Hoy se cumplen setenta y cinco años del comienzo de la Guerra Civil española. En cierto modo, todo aquel desastre empezó exactamente aquí; en esta plaza de Sevilla que rezuma derrota por todas partes. Era la hora del almuerzo de un tórrido sábado de verano.




Daoiz, desde su inmortalidad de bronce, no pudo verlo entrar en el viejo edificio de Capitanía, porque, tal y como estaba planeado, lo hizo por la puerta de atrás. La que da a la calle Jesús del Gran Poder, que entonces se llamaba, como antaño, Palmas. En el siglo XVI, Luis de Peraza cuenta en su ‘Historia de Sevilla’ que recibió tal nombre por las que en sus aceras hubo plantadas y que, habiendo sido taladas, la gente usaba los muñones que de sus troncos quedaron como bancos para sentarse a descansar.
En el bolsillo del pantalón de su uniforme de general llevaba una pistola Walther del 7,65. Su favorita. Puede que todavía no fuera la una y media de la tarde. Había salido a la una y cuarto del hotel Simón, donde se hospedaba, ubicado en la calle García de Vinuesa, y el coche en el que lo llevó su ayudante Alfonso Carrillo Durán no pudo tardar más de diez minutos en cubrir la distancia que mediaba entre el Arenal y la Gavidia. Por aquel entonces no había peatonalización que lo impidiese, por más que la mayoría de la gente fuera andando a todas partes. El caso es que allí estaba, entre la penumbra, decidido a jugárselo todo a una carta. A vida o muerte. 

 Queipo de Llano rodado por sus compañeros de sublevación el 18 de julio de 1936 en Sevilla.


El general Queipo de Llano estaba resuelto a tomar el mando de la Capitanía General de Sevilla. Y lo hizo. Encerró en un despacho a sus mandos y, junto a un grupo de conjurados, puso en marcha el levantamiento militar que acabaría, a sangre y fuego, con la aventura de la Segunda República. La Guerra Civil española; la última guerra civil española, acababa de empezar.



Tres cuartos de siglo después, el edificio donde tuvieron lugar aquellos hechos es la sede de la Consejería de Gobernación y Justicia de la Junta de Andalucía; toda una paradoja. Aunque la vida no deja de ser una larga sucesión de paradojas. La plaza de la Gavidia es, en sí misma, una particularmente triste, pues en ella se rinde homenaje a grandes derrotados. El kilometro cero de esa gran derrota nacional que fue la Guerra Civil española está presidido por una estatua de Luis Daóiz, héroe de una batalla perdida, la del 2 de mayo de 1808 contra las tropas invasoras de Napoleón Bonaparte. Luis Daoiz nació precisamente en esta plaza, en una casa que ya no existe. Una monumental lápida recuerda una cosa y otra junto al decimonónico edificio, antaño sede del poder militar y hoy en día del civil que se levanta en uno de sus laterales, oculto, como queriendo pasar desapercibido, entre matas de jazmines. Fue al colegio de San Hermenegildo, luego cuartel, que naturalmente tampoco existe hoy en día, y se hizo artillero. El resto, ya lo sabemos.

 Detalle del monumento a Daoiz, de Antonio Susillo. Relieve sobre los sucesos del 2 de mayo.


La estatua de Daoiz, con su imponente pie que sobresale del pedestal, así como los relieves que adornan a éste, son obra del escultor Antonio Susillo, otro gran derrotado. Hombre genial y, como suele ser habitual en esta ciudad, en absoluto valorado en la medida que sería justo de acuerdo a los méritos que tan sobradamente demostró. Su tormentosa existencia, que tanto arte proveyó a Sevilla, tuvo un dramático punto y final en San Jerónimo junto a la orilla del Guadalquivir, donde se descerrajó un tiro. Ya hablamos de aquello cuando contamos su historia al visitar la calle que lleva su nombre y en la que también estuvo el taller de otro gran escultor, Antonio Illanes, que por supuesto también fue víctima de la piqueta.
La plaza de la Gavidia lleva la derrota hasta en su nombre. Una derrota, en este caso, ortográfica, pues en realidad debería llamarse Gaviria, el apellido de una familia de noble linaje que había residido en ella y que le dio nombre desde 1704. Esta errata fue entronizada en el nomenclátor hispalense el año 1931, cuando se le cambió el nombre a la plaza por última vez, después de que en 1862 se le cambiase el nombre de Gaviria por el de Infante Don Felipe, en honor del hijo de los Duques de Montpensier, y en 1868, se le rebautizara con el apellido Calatrava en honor del político liberal José María de Calatrava.

 Sobre el fondo del edificio 'setentero', el monumento a Daoiz. Descubran la pelota 'embarcada' entre las piernas del prócer.


 La plaza de la Gavidia también sufrió la derrota en sus muros. En los propios y en los aledaños. Ninguna de las dos casas que Collantes de Terán y Rodriguez Estern recogen en su vademécum de arquitectura civil sevillana siguen en pie. Ambas fueron sustituidas por mamotretos setenteros de corte genuinamente provincianos.

La cruz de guía del Gran Poder llegando a la Gavidia.

Hay un último derrotado del que aún no hemos hablado que también pasa una vez al año por esta plaza dedicada a héroes que no ganaron ninguna guerra. Es un hombre que camina bajo el peso agobiante de un madero y lleva la vista, aparentemente perdida. Ese derrotado es, empero, la última esperanza para muchos otros a quienes también persigue la desgracia. Un hombre que al pasar por la Gavidia persigue el amanecer. Tras él llega la claridad de un nuevo día, eso es precisamente lo que buscan quienes le salen al paso y cruzan con él la mirada. Quizá sea a él a quien debamos pedirle que nunca más vuelva a haber un mediodía como el de aquel sábado de hace justo hoy setenta y cinco años.

Se publicó en El Mundo de Andalucía el 18 de julio de 2011

miércoles, 15 de febrero de 2012

ASI SE CARGABAN SEVILLA

De forma casual he hallado en Internet unas fotos que ellas solas y sin apenas ayuda de texto alguno cuentan la historia del crimen que a mediados de los años cincuenta se cometió con la calle Imagen. Una modernez de la época que la ciudad, medio siglo después, todavía no ha sido capaz de asumir (la mayoría de los sevillanos está de acuerdo en que la calle Imagen puede ser una de las más feas del mundo). La que a continuación narran estas fotografías es la crónica de un asesinato patrimonial que debería servir como llamada a las conciencias de quienes en los tiempos que corren perpetran o dejan perpetrar fechorías similares. La Torre Pelli sin ir más lejos.


La plaza de la Encarnación hacia 1920. Foto Sánchez Pando.




Plaza de la Encarnación, primeros años cincuenta del siglo XX. Foto Serrano.

Calle Imagen, hacia 1950. Foto Serrano.


Otra fotografía del tranvía por la calle Imagen en la misma época. Foto Serrano.

La suerte está echada. Foto Serrano.





Diciembre de 1955, los derribos van a empezar. Foto Serrano.


Máxima expectación. Foto Serrano.

  El Marqués del Contadero, alcalde de Sevilla, recorre la calle condenada. Foto Serrano.
 El mal ya está hecho. Foto Serrano.

Así se abría paso la modernidad entre la 'Sevilla rancia'.

 El adefesio va tomando cuerpo. Foto Serrano.

Consumatum est. Foto Serrano.

No hay mucho más que decir. Sólo recordar que estas cosas se siguen haciendo en Sevilla.

lunes, 13 de febrero de 2012

LA PLAZA DE SAN MARTIN

ENTRE LA GLORIA Y EL PURGATORIO


Unos extemporáneos y enigmáticos azahares, florecidos el día de Epifanía, nos han traído hasta la plaza de San Martín, cuya iglesia podría guardar el gran enigma de la Semana Santa de Sevilla: un hombre del que no sabemos nada. Juan de Mesa y Velasco se llamaba.

La iglesia de San Martín en 1937.

¿Sabían que las imágenes más conmovedoras y devotas de la Semana Santa de Sevilla se labraron en una de las calles más sórdidas de la ciudad? No.  Seguramente no lo sabrán, porque de la vida del hombre que las talló lo único que se conoce es apenas un párrafo, siempre el mismo, que todos los historiadores del Arte hispalense, con alguna honrosa excepción, repiten como papagayos en esos libros que escriben con apariencia de obras sesudas, tan llenos de citas, siempre las mismas citas, una prosa empalagosa y fotos a todo color en papel cuché. Nadie o casi nadie, se ha preocupado por saber cuánto hay de verdad en esa breve sinopsis biográfica que sistemáticamente reiteran, ni tampoco por desvelar los misterios que en ella se plantean. A saber, ¿qué hizo desde su nacimiento en Córdoba hasta que cumplió los veintitrés años, demasiados como para entrar de aprendiz en el estudio de Martínez Montañés? ¿Cuál fue la verdadera enfermedad que lo llevó a la tumba con cuarenta y cuatro años? Y, sobre todo, ¿por qué no supimos nada de él durante tres largos siglos? Por supuesto, no sabemos nada en absoluto acerca de su aspecto. Ni siquiera está claro que los huesos que, según el sacristán de San Martín, se custodian en la cripta de la parroquia, guardados en una caja que lleva su nombre, sean en realidad los suyos.
Puerta de la iglesia de San Marín 'decorada' por 'artistas urbanos'.

 
Alguno lo habría tomado por un hecho sobrenatural, un milagro de Epifanía, pero que aquel naranjo estuviera cuajado de azahar un seis de enero era un suceso claramente obrado por causas naturales. Un invierno travestido de primavera es motivo suficiente como para provocar ese sencillo prodigio que, a su vez, suscita en las pituitarias más sensibles el ejercicio de la evocación, transportando los espíritus hacia el onírico y emocional país de las vísperas de la Semana Santa. Pero, milagro o no, que oliera a azahar el día de la Función Principal del Gran Poder fue un magnífico pretexto para salir en la persecución del fantasma del hombre que, labrándolo, fue capaz de mostrarnos en madera lo más parecido que en el mundo pueda existir al rostro de Dios.
El Señor del Gran Poder fue tallado en la sórdida calleja donde Mesa tuvo su taller.
(Foto Alvaro Pastor Torres)

A través de un laberinto de umbrías y húmedas callejas se llega hasta la plaza de San Martín. Aunque a primera vista no se note, se trata de un pequeño promontorio levantado en lo más intrincado de la ciudad. Las dendritas que parten de esta neurona urbana son las calles Cervantes, Viriato, Quevedo, Morgado, Saavedras y Divina Enfermera, éstas dos lo hacen describiendo una suave pendiente que delata la diferencia de altura entre esta collación y sus barrios aledaños de la Feria y la Alameda. La última de las calles citadas se llamó hasta hace unos años Lerena y en ella más que divinas enfermeras lo que había en abundancia eran humanas enfermedades; demasiado humanas tal vez. Sífilis, gonorrea y todo cuanto se contagiara como penitencia por pecar contra el sexto mandamiento. Ahora es otra cosa, pero hasta hace no mucho, esta callejuela que desemboca en la plaza de la Europa estaba todavía infestada de sórdidos burdeles, casas de putas de baja estofa, sitios en general poco o nada recomendables, a cuyas puertas, no necesariamente apoyadas en el quicio de la mancebía sino sentadas en sillas tapizadas de skay, aguardaban a la clientela y ofrecían sus servicios a quienes por allí pasaran las honradas y sacrificadas jornaleras del sexo de antaño. Mujeres derrotadas por la vida que, sin saberlo, ejercían el oficio más antiguo del mundo justo en el mismo sitio donde habían sido creadas las imágenes religiosas a las que aferraban las pocas esperanzas que aún pudieran quedarles.
Antes de llamarse Lerena, la calle Divina Enfermera se había llamado, precisamente por esa pendiente (o rampa, según en qué sentido se recorra) que describe, Costanilla de San Martín. En la Costanilla de San Martín fue donde tuvo su casa y taller el misterioso Juan de Mesa que apenas estuvo  diez años en activo como maestro trabajando por cuenta propia. Pero ni siquiera nos interesan esos diez años. Bastan dos, los que van desde 1618 a 1620. Porque en tan breve plazo de tiempo, Mesa revolucionó la escultura barroca sevillana, creando un canon que aún sigue vigente, y lo hizo tallando algunas de las más portentosas efigies religiosas de todos los tiempos, entre ellas, la más portentosa de todas: el Señor del Gran Poder. Pero de esa sórdida calleja del barrio de San Martín también salieron, por poner sólo tres demoledores ejemplos, el Cristo del Amor, el Cristo de la Buena Muerte y el Cristo de la Conversión. ¿Qué clase de genio tuvo que ser Mesa para en tan poco plazo ser capaz de concebir y crear una colección de obras de arte tan colosal? Ningún investigador ha logrado averiguar dónde aprendió ni como empezó, todos son suposiciones, hipótesis. Se sabe que Juan de Mesa se incorporó como aprendiz al taller de Martínez Montañés a una edad ya muy avanzada para ello. Y que esa fue precisamente la época en la que Montañés hizo sus obras más notables en las que, según Jorge Bernales, Mesa debió intervenir sin duda.

Panrámica de la actual calle Divina Enfermera, antigua Costanilla de San Martín.

Siete años después de creadas obras tan capitales, y habiendo realizado otras muchas más de igual mérito, Juan de Mesa murió de no se sabe qué. Se especula con que pudiera haber sido una tuberculosis, pero no es más que eso, una especulación. Tenía cuarenta y cuatro años, su muerte lo sería en todos los sentidos. Murió su carne, pero también su recuerdo. El nombre de Juan de Mesa se olvidó, se supone que, en principio, de forma interesada. Hay quienes culpan a Pacheco, el suegro de Velázquez, pero éste no es el único que lo ignora en sus crónicas. ¿Por qué? Nadie ha logrado saberlo a ciencia cierta. Ni siquiera el haber formado parte de la mesa de gobierno de la hermandad del Silencio lo salvó de ese extraño e inexplicable, desde luego injusto, ostracismo al que fue sometido.
Nacido en 1583, en su partida de bautismo, consta que era hijo de Juan de Mesa y Catalina de Velasco, pero hoy en día no se puede considerar más que a Heliodoro Sancho Corbacho, Celestino López Martínez, Antonio Muro Orejón y José Hernández Díaz como los verdaderos padres de este insigne y enigmático artista, cuyas investigaciones permitieron devolverle, aunque con trescientos años de retraso, la gloria a la que su obra le había dado derecho.

Placa dedicada a Juan de Mesa en la fachada de la iglesia de San Martín

 
Instalado ya para siempre su nombre en el Olimpo, considerado como el referente indiscutible de la escultura barroca sevillana, Juan de Mesa cuenta ahora con una calle en Santa Catalina, un monumento en San Lorenzo y una placa en la iglesia de San Martín que lo recuerdan. Sin embargo, aún resulta intrigante preguntarse por qué razón para alcanzar esa gloria debió esperar trescientos años, confinado en un purgatorio que, en cierto modo, todavía no ha abandonado.

Se publicó en El Mundo de Andalucía el 9 de enero de 2012


domingo, 12 de febrero de 2012

LA PLAZA DE SAN LORENZO

ORTO Y OCASO DE LA SEMANA SANTA


Para los cabales de la tradición, dos hitos marcan cada año el comienzo y el fin de la Semana Santa de Sevilla: el besamanos del Gran Poder y la entrada de la Virgen de la Soledad; ambos acontecen en el mismo lugar de la ciudad: la plaza de San Lorenzo. Corazón de la Sevilla burguesa, antítesis de los tópicos bullangueros, San Lorenzo es la ciudad interior; la Sevilla más intrincada y difícil. También, tal vez, la más auténtica.










‘Cuando Vos salís, Señora / hay una tristeza unánime / en la plaza de las sombras’. Así la llama, definiéndola con la perspicacia de los poetas, José Manuel Benot en su poemario ‘Antigua y Sola’, publicado este año por Ediciones Signatura. Algo mueve a pensar que las sombras a las que alude el verso no son precisamente las de los plátanos de Indias que desde hace muchos años crecen en la plaza, sino las fantasmagóricas sombras de aquellos cuya presencia es constantemente invocada en este lugar por las numerosas lápidas que salpican las fachadas, compartiendo la cal y el ladrillo junto a vetustos azulejos que recuerdan inundaciones o las manzanas y cuarteles en que antiguamente estaba organizada de la ciudad.


Un somero recorrido a través de las calles que circundan o conducen a la plaza permite asomarse a los dos últimos siglos de historia de la ciudad a través de las biografías de todos los prohombres que alguna vez las habitaron y cuyas sombras han permanecido formando parte del escalofrío que provoca esta plaza, grave, solemne y, al mismo tiempo, encantadoramente provinciana. Porque aquí siguen, presentes, las sombras de Bécquer, de Romero Murube o de Montesinos por poner sólo tres ejemplos de sevillanos de San Lorenzo. Tres sevillanos indispensables, pero igual de alejados de los tópicos del sevillano al uso y abuso. Igual que se aleja de los tópicos este enclave absolutamente imprescindible para comprender la Sevilla más interior y auténtica, la ciudad más intrincada y difícil. Esa Sevilla que sólo cabe atisbarse a través de las cancelas, hasta que se es capaz, o se han hecho suficientes méritos, para acceder a ella.

La plaza de San Lorenzo está presidida por el edificio de la parroquia que le da nombre a la propia plaza y, por extensión, al barrio entero. Se trata de una iglesia originaria de la época mudéjar, pero enormemente transformada, fundamentalmente en los siglos XVIII y XIX. En la actualidad consta de cinco naves y una fachada-torre, erigida a sus pies, presidida por un reloj vinculado a una detectivesca leyenda sevillana. Aquella que narra la peripecia de un albañil que fue llevado con los ojos cerrados a una casa para realizar un ‘trabajo delicado y confidencial’. El trabajo consistía en tapiar una habitación donde iba a quedar encerrada una dama. Arrepentido, el albañil contó el hecho a la autoridad, pero dado que fue conducido a ciegas hasta la casa, no pudo dar más señas de su ubicación que la de haber oído un reloj dar los cuartos muy cerca. Los alguaciles dedujeron que se trataba del de San Lorenzo, pues era el único de la ciudad que daba los cuartos, y así pudieron dar con la casa, liberar a la mujer y detener al emparedador.


Junto a la parroquia de San Lorenzo, en una esquina de la plaza, se alza la basílica de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder, que fue construida en 1965 siguiendo el proyecto de Antonio Delgado Roig y Alberto Balbontín, que, aunque dotado de una engañosa fachada barroca, se inspira en el Panteón de Agripa de Roma, imitando su planta circular e incluso la forma de la cubierta, en medio de la cual se abre el mismo hueco aunque, a diferencia del edificio romano, está protegido por una linterna que sólo deja pasar la luz, pero no el agua de la lluvia.
La Basílica del Gran Poder acoge todos los años el ritual inicial de la Semana Santa, representado por el besamanos del Señor, que arranca en la medianoche del sábado de pasión. Antes, el primero de enero, el quinario del Gran Poder –Deus ex machina- habrá activado el mecanismo del gran ceremonial de la ciudad, iniciando el rosario de cultos de las distintas hermandades que se prodigarán durante la cuaresma.

Si el besamanos del Señor fue el orto, el ocaso lo representa la entrada, en la medianoche del Sábado Santo, de la Virgen de la Soledad en la parroquia de San Lorenzo. Para los cabales, ahí termina la Semana Santa. Esa noche, al recogerse la cofradía, no se cierran las puertas de una iglesia, sino un capítulo de la historia personal de mucha gente. A partir de entonces, como dijo Peyré, ‘toda la ciudad girará en torno a no sé qué vacío de naufragio’.
A partir de ese instante, ‘mientras que tus hermanos se derraman, dispersos, por las calles del barrio’, alguien con una tiza escribirá los días que faltan para la próxima Semana Santa en las pizarras de muchos bares de la ciudad. Pero no en la bodeguita de San Lorenzo, donde esa misma tiza anunciará que faltan sólo 15 días para la Feria.


Se publicó en El Mundo de Andalucía el 24 de marzo de 2008