sábado, 10 de diciembre de 2011

BAILE DE MUERTOS VIVIENTES


Aunque informativamente desfasado, el interés del texto que a continuación se transcribe radica en su carácter premonitorio y en lo que tiene de retrato de una de las épocas más lóbregas y tristes en lo relativo a la conservación del patrimonio de cuantas se han vivido reciéntemente en Sevilla. Para ilustrar ese retrato colaboran de manera fundamental las fotografías de Alvaro Pastor Torres, que demuestran el escaso escrúpulo con el que se trataron los restos arqueológicos aparecidos en la plaza de la Encarnación.



La proliferación de hallazgos arqueológicos de los últimos días ha colocado al Ayuntamiento de Sevilla en una situación difícil. Los ya ajustados plazos de las obras que se ejecutan en la ciudad, amenazados por la posibilidad de un otoño lluvioso, pueden romperse definitivamente ante la necesidad de estudiar a fondo unos restos de inmenso valor. El Ayuntamiento, sin embargo, necesita acabar las obras antes de las elecciones, lo cual se antoja incompatible con lo anterior.




 
Los prebostes municipales, con el alcalde a la cabeza, deben de estar desde hace unas semanas sintiéndose atrapados en el vórtice de un remolino paranormal. Las calles se abren y los muertos se levantan por doquier, como en el desenlace final de la película Poltegeist, cuando los difuntos que reposaban bajo la urbanización –siniestramente levantada por un especulador sobre el cementerio- donde vivían los protagonistas dijeron: ‘Aquí estoy yo’, y comenzaron a salir de sus tumbas en tropel, igual que los vivos salen del campo de fútbol nada más pitar el árbitro el final del partido.
Todos esos muertos vivientes, liberados como las avenidas de la alcanforada canción de Milanés que tan recurrentemente parafrasea el alcalde, van desde entonces dando tumbos por la ciudad, como los de Eduard G. Romero, pero sin comerse a nadie. En todo caso, van pidiendo socorro. Porque en esta noche de Walpurgis que reina sobre una Sevilla abierta en canal los únicos que tienen miedo son ellos. La pala de John Deere se cierne sobre sus amarillos cráneos, presta a suturar la herida bajo la que habitaban para instalar un injerto de ‘Piel Sensible’ antes de que suenen las trompetas del apocalipsis electoral. La historia que puedan contar esos cadáveres no interesa a nadie. A nadie implicado en esa contienda; es decir, a los prebostes municipales. Capitulo aparte merece la ovina manada de ciudadanos que a todo dice ‘Sí bwana’ mientras en el barril de salmuera siga habiendo cerveza.







El problema es que los zombis del pasado que se han lanzado a la calle empiezan ya a ser demasiados como para poder contenerlos a todos. Primero fue la Encarnación, el mayor solar excavable que nunca se ha tenido en Sevilla, donde se acometió una faena de aliño, incomprensiblemente justificada por algún arqueólogo de cámara, para no causar más retrasos a la construcción de nuestra segunda catedral –su autor dixit- el edificio Metropol. Una ciudad que desconoce por completo su origen necesitaba haberse tomado más tiempo estudiando tan privilegiado e inigualable yacimiento, pero un alcalde que precisa levantar a toda costa y cuanto antes ‘hitos arquitectónicos’, como los califican sus palmeros, para satisfacer su ego no estaba dispuesto a permitirlo.
Luego fueron los hornos árabes de la Puerta de Jerez, destruidos con analfabeta saña y a traición, un crimen cultural en el que tendrían que haber dicho algo los tribunales; para qué si no, existen leyes de protección del patrimonio y hasta concejalías, consejerías y ministerios de Cultura. A la hora de la verdad, se comprueba que todo son monsergas. Por su puesto que no pasó nada.




 

Sin embargo, la venganza de ultratumba puede ser terrible, porque en los últimos días hemos asistido a un paroxismo total de apariciones arqueológicas: el desenlace de Poltergeist. Todo era clavar un pico o hundir un martillo neumático en el asfalto y surgir bajo éste el recuerdo subcutáneo que la ciudad guardaba de su ayer en todas partes. En la Avenida, apenas a un metro bajo tierra se escondía un cementerio islámico; la Encarnación volvía a regurgitar sorpresas a pares: casas romanas y musulmanas; y, como gran traca final, bajo el subsuelo de la plaza de la Pescadería, se hacían presentes los restos de una gran cisterna de agua de época romana, confirmando con una muestra física más que añadir a las escasas que por ahora existen, las columnas de la calle Mármoles y poco más, lo que cuentan los textos de los historiadores sobre la importancia que tenía la ciudad de Hispalis en los primeros siglos de nuestra era, que algunos expertos llegan a equiparar con la que alcanzaría mil quinientos años después, a raíz de que le fuera concedido el monopolio del comercio con las Indias tras el descubrimiento de América. Nada que ver ninguno de ambos dos momentos históricos con la decadencia del actual, reducido el papel de Sevilla en el mundo al de un mero lugar pintoresco más que añadir a la lista de lugares pintorescos que hay por ahí.
Cómo acabará esta rebelión de la Historia es fácil imaginar: unas paladas de albero y la subsiguiente torta de hormigón se bastarán para contenerla.


 
Mas, mientras se dirime la batalla resulta del todo recomendable para el sevillano que se resuelva a, salvando las molestias que ello comporta, aventurarse por el campo de batalla y conocer con sus propios ojos lo que tantos siglos ha permanecido oculto, esa Sevilla que se nos ha mostrado por sorpresa, pero que seguramente no vamos a poder conocer bien, pues el interés de los políticos, siempre movido por el interés a corto plazo, lo acabará impidiendo. Ya lo verán. Vean con sus propios ojos ese tesoro subcutáneo que pronto volverá a dormir bajo el grosero tatuaje de la Piel Sensible.

Se publicó en El Mundo de Andalucía el 30 de septiembre de 2006

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