sábado, 10 de diciembre de 2011

ICEBERGS DE GRANITO


Las tres imponentes columnas romanas que se alzan en la estrecha calle Mármoles presentan la paradoja de ser en si mismas un misterio y también una evidencia. Son un misterio porque los expertos aún no han logrado descifrar a qué clase de edificio o construcción –colosal en cualquiera de los casos- pudieron haber pertenecido, pero también son una evidencia de hasta qué punto llegó la monumentalidad de una Hispalis cuyos secretos permanecen en su mayor parte aún ocultos, sumergidos en el cenagoso subsuelo de Sevilla.




 
Los historiadores han hallado testimonios y pruebas suficientes de la importancia que tuvo la ciudad de Sevilla durante la época romana, cuando era la principal suministradora de aceite de oliva (un producto que en aquellos tiempos resultaba tan indispensable o más que hoy el petróleo) para todo el imperio. Algunos han llegado incluso a comparar el esplendor adquirido entonces por la ciudad con el que ésta disfrutó durante el Siglo de Oro; etapa que todavía pasa por ser la de mayor apogeo de su particular historia. Sin embargo, a pesar de la constancia existente sobre importancia y monumentalidad que llegó a tener la Sevilla romana, son muy escasos los vestigios de aquellos tiempos que aún permanecen visibles en la ciudad. Un experto ha explicado gráficamente este hecho señalando que de la Sevilla de hace dos mil años se sabe absolutamente todo menos cómo era; en lo cual hallamos una de las primeras paradojas que nuestro paisaje de hoy proporciona. La razón que de ese hecho daba el erudito e investigador José Gestoso es que durante la dominación musulmana y aún después, apenas se dio valor a los restos del pasado, siendo habitualmente utilizados como ‘canteras’ para nuevas construcciones. Los propios cimientos de la Giralda (como se aprecia en alguna de sus fachadas) seguramente estarán bastante nutridos de vestigios reciclados de la Sevilla romana.
Estamos en la calle Mármoles, donde el viandante queda estupefacto al toparse con tres imponentes columnas de granito, todas de una sola pieza, en un solar que se abre en medio del apretado caserío de la zona. ¿Cómo han llegado hasta allí? ¿Qué era aquello? Evidentemente, llegaron antes de que lo hicieran las casas que fueron construidas a su alrededor. Otra cosa es cómo fueron transportadas desde la cantera de la que salieron y qué era lo que soportaban. De todo ello, sin embargo, no hay más que hipótesis. Gestoso sitúa en Gerena el origen de los fustes, aunque otras teorías los hacen provenir del norte de Africa. En cuanto al uso que tuvieron, la mitología local insiste en que las tres columnas pertenecieron a un templo romano. Sin embargo, otras opiniones, partiendo del propio José Gestoso, sostienen que formarían parte del antiguo foro de Hispalis.
En la segunda mitad del siglo XIX, las tres columnas de la calle Mármoles permanecían enterradas hasta la mitad en el patio de una casa particular. Se sabía que no habían sido las únicas que existieron en el lugar y que otras dos fueron trasladadas en el siglo XVI a la Alameda de Hércules para presidir el paseo que allí trazó el Conde de Barajas. También se habla de una sexta columna que se retiró del lugar, pero que se partió por la mitad en la plaza de la Virgen de los Reyes, quedándose allí como parte del paisaje durante muchos años. Algo, por cierto, muy propio de la ciudad.
También resulta muy propio de Sevilla que el Ayuntamiento alumbre proyectos con tintes faraónicos y que luego no se llevan a cabo. Tal pasó con la propuesta formulada en 1877 por Leonardo García de Leaniz de retirar las columnas para utilizarlas como pedestal de un monumento al Rey Fernando III. Proyecto que nunca se llevó a cabo del todo, entre otras cosas porque, siete años después, la comisión de monumentos lo rechazó. Eso sí, dos años después y tras llegar a un acuerdo con sus propietarios, el consistorio libraría veinticinco mil pesetas para derribar la casa que las ocultaba y descubrirlas.
Desde entonces, las tres columnas de la calle Mármoles surgen ante nuestra vista como la punta del ignoto, aunque presentido, iceberg que es la Sevilla romana. Son muchos los vestigios que de ésta han aparecido por aquella zona. Se habla de otras columnas que, en siglos pasados, fueron descubiertas en la calle Vírgenes o en San Nicolás; también se dice, eso sí, en voz baja, que durante la restauración del convento de Madre de Dios a principios de los años noventa empezaron a salir cosas que ponían de manifiesto la existencia de algo grande ahí debajo. Algo que no se quiso o no se pudo investigar. Pero eso es sólo un rumor. Sí existe la certeza de la gran oportunidad perdida en la Encarnación, donde el trabajo arqueológico no ha profundizado todo lo que hubiera sido necesario, a pesar de las inigualables condiciones que ofrecía. Son otras de las paradojas de esta Sevilla, tan encantada de conocerse aunque en realidad no se conozca nada. Claro que eso no parece que le importe demasiado.

Se publicó en El Mundo de Andalucía el 14 de enero de 2008

domingo, 4 de diciembre de 2011

CERNUDA WAS A ROLLING STONE



Ese misterio insondable que es Sevilla pudo haber tenido aquí su origen. En este laberinto de calles silenciosas que la Historia trenzó cual los juncos de Ocnos. Mas ninguna de ellas posee el extraño encanto de la que lleva el nombre de un ser invisible: el aire.





 
Inmensos y enigmáticos subterráneos recorren en este lugar las entrañas de la ciudad. Su misteriosa existencia, son como pecios hundidos en la mar, nos insinúa la existencia de un pasado por entero distinto al que narran las crónicas. Será que la realidad deja de serlo cuando termina y se convierte en historia, en objeto de un cuento que cada cual contará a su manera. Hay quienes dicen, considerando la presencia de tan formidables sótanos, que en este lugar están las células madre de la ciudad. Que aquí precisamente comenzó todo. Quién sabe. Cuando viajamos atrás en el tiempo, Sevilla tarda muy poco en confundirse con su propio mito. Mas eso también ocurre con estas calles, estrechas y sinuosas, esparcidas cada una en una dirección distinta, como si fuesen el resultado de un estallido, del particular big bang de la vieja Hispalis, o como se llamara lo que aquí hubo entonces. Calles que son como las dendritas de una neurona, a través de las cuales se fueron expandiendo los impulsos vitales de nuestra ciudad.
El lugar no tiene nombre, es sólo la confluencia de cuatro calles: Fabiola, Madre de Dios, Federico Rubio y Aire, pero quien sabe si ese lugar debería llamarse Sevilla. Hoy en día parece existir exclusivamente para componer junto a la cofradía de San Bernardo la más bella e incomparable estampa de cada Semana Santa, pero en el fondo se le adivina otra razón, más profunda y antigua, a su existencia. Desde aquí vamos a partir a lo largo de las próximas semanas para recorrer las calles que en él arrancan camino cada una de un punto cardinal distinto. Para empezar, hemos elegido la excepción que de esas cuatro calles entraña la del Aire. La única de ellas dedicada a un ser invisible, a un dios menor, y la única que aquí no arranca sino que desemboca, en lo cual tal vez haya una pista, un indicio, algo que el misterio nos quiera revelar subrepticiamente.




 
La calle del Aire parece venir, como el aire mismo, no de otro lugar sino de otro tiempo. Al fondo de su eternamente umbría estrechez se adivina la arcana presencia de las tres columnas que dieron nombre a la calle de los Mármoles. Tres moles de granito que nadie todavía ha sabido decir exactamente qué hacían allí. Sólo se sabe que hubo otras tres, dos de las cuales fueron llevadas hasta la Alameda, donde siguen, y la tercera murió despiezada en ese mismo intento. Las conjeturas ubican a lo largo de esta calle por la que apenas cabe el viento el ignoto origen de la ciudad que pisamos, vivimos y sufrimos. En algún lugar del subsuelo podría estar la clave que lo explicase todo. Pero muy posiblemente jamás la descubramos. De ese modo persistirá el enigma de por qué y cómo. Y así, la razón habrá de seguir viéndose obligada a ceder el paso a la poesía, quizá la única capaz de explicarlo todo.
Tal vez eso sea lo que traten de decirnos, al otro lado de la calle, las cinco ruedas de granito, cinco piedras de molino, que, empotradas en la pared, llevan allí siglos viendo pasar los días. Rolling Stones que, como las del poema, tampoco crean musgo. Balas perdidas de la Historia que jamás nadie supo encontrar o quizá nadie quiso ver.
Hubo además una sexta bala, un sexto rolling stone que trascendió de estos muros y estas tapias, pero sin embargo quedó atrapado en sus enredaderas. Antes de perderse en un eterno viaje por el mundo, exiliado de si mismo, el poeta Luis Cernuda vivió sus últimos años sevillanos en la calle del Aire, cuya melancólica soledad le hizo concebir los versos de su primer poemario: Perfil del aire. Últimos años, primeros versos. Los de Jardín Antiguo fueron eternizados, si es que tal palabra es posible, en un azulejo que hay en la fachada de la casa donde habitó. ‘Sentir otra vez, como entonces, la espina aguda del deseo, mientras la juventud pasada, vuelve. Sueño de un dios antiguo’.



 
Ese dios acaso pudo haber sido Eolo, el díos de los vientos, que en esta constreñida encrucijada del tiempo apenas pueden soplar más que como un suspiro. El tiempo es eso en el fondo, apenas un suspiro que pasa y se va, que sentimos y explicamos cada cual de una manera. Por eso cada cual cuenta la historia de un modo y la realidad deja de serlo justo en el instante en que acaba. Aunque ahí abajo, en la lóbrega humedad de los inmensos subterráneos pueda estar la explicación que nadie ha sido ni será capaz de encontrar.
Los cronistas cuentan que en la calle del Aire hubo negocios tan mundanos como la fábrica de naipes de El Carmen, que regentaba un señor de decimonónico nombre llamado don Telesforo Antón. También cuentan que aquí estuvo el viceconsulado de los Estados Pontificios. Singular y paradójica coincidencia. Las cartas y las bulas, pared con pared. Hoy en día es posible disfrutar en una de sus casas de un baño y un té moruno a las finas hierbas, evocando los días de esa Perla del Guadalquivir a la que cantase el poeta Al Mutamid quien, como Cernuda, también acabó exiliado a la fuerza, llorando en su destierro por la ciudad y el sueño perdidos, tratando de explicar en versos, probablemente de la única manera que se puede, lo inexplicable, esta ciudad hermosa e inasible. Cantos rodados, balas perdidas, desarraigados que no quisieron quedarse para ser convertidos en las mismas ruedas de molino con las que habrían de comulgar para ser luego emparedados en el olvido de una pared donde verían eternamente pasar los días, correr el aire.

Se publicó en El Mundo de Andalucía el 5 de abril de 2010



ERASE UNA VEZ LA CALLE IMAGEN


La calle Imagen es el paradigma de la destrucción sufrida por el patrimonio arquitectónico histórico de Sevilla a mediados del siglo XX en un proceso que, según las organizaciones conservacionistas, aún no ha concluido. La que hoy en día podría haber sido una de las calles más asoleradas de la ciudad, es, por el contrario, una vía despersonalizada, carente de belleza y nada arraigada en el pueblo. Puede que no sea casualidad que en una de sus esquinas, hiriendo la fisonomía de una plaza aledaña, tenga su sede el Colegio de Arquitectos, al que mañana el Ayuntamiento distinguirá por su contribución a la ‘preservación del patrimonio’.




 
El proceso de destrucción arquitectónica en Sevilla tiene un hito en la memoria reciente de la ciudad: el derribo del palacio de los Sánchez-Dalp en la plaza del Duque, un edificio de carácter historicista que en su época suscitaba división de opiniones entre los expertos y cuya vida no fue muy larga, pero que logró instalarse de manera indeleble en el recuerdo de las generaciones que alcanzaron a conocerlo. Sin embargo, no fue aquel el caso más grave de destrucción patrimonial acontecido a mediados del siglo pasado en la capital de Andalucía. Pese a no haber adquirido la misma relevancia, el verdadero paradigma de ese proceso lo constituye la brutal transformación urbanística operada en la calle Imagen, que, víctima de una provinciana obsesión por los ensanches, vio cómo sus antiguos edificios de tres plantas y arquitectura tradicional fueron derribados y suplantados por construcciones de fisonomía moderna y seis plantas, completamente extrañas a su entorno.



 
Aquel proceso de transformación vino a rematarse en una primera instancia –el remate definitivo vendrá de la mano de la construcción del proyecto Metropol Parasol en la Encarnación- el año 1976 con la construcción de la sede del Colegio de Arquitectos de Andalucía Occidental, un edificio ubicado en la esquina de Imagen con la plaza del Cristo de Burgos, del que fueron autores Gabriel Ruiz Cabrero y Enrique Perea Caveda, ninguno, por cierto, de Andalucía Occidental, ni siquiera de la otra;  el primero madrileño y el segundo cántabro.
Dicho edificio ha sido catalogado esta semana desde el Ayuntamiento como ‘una obra de arte’, un elogio que hasta ahora nadie le había dedicado; ni siquiera sus más fieles partidarios, que son bastantes menos que sus detractores. En la glosa del edificio que se realiza en el catálogo de la exposición ‘Un siglo de Arquitectura’ organizada por el colegio y la fundación Fidas, se dice de él: “en su condición de esquina, hacía de charnela entre dos realidades urbanas totalmente diferentes: la plaza del Cristo de Burgos, con sus tres plantas de altura y su parafernalia decimonónica y la calle Imagen, un trozo de ciudad moderna”. Adviértase el tono peyorativo utilizado para referirse a la ‘parafernalia decimonónica’ de la plaza del Cristo de Burgos, tono que contrasta con la connotación positiva que se otorga –“un trozo de ciudad moderna”- a la calle Imagen.





 
La cuestión es que, puesto a elegir entre una ‘realidad’ y otra, el edificio –‘el diálogo con el entorno urbano proseguía con otras estrategias que seguían eludiendo la mímesis historicista’, continúa la glosa ya definitivamente ida por los cerros de la pedantería- se decanta por el estilo de la nueva calle Imagen, viniendo a completar el ‘trabajo’ acometido en las ominosas décadas anteriores.
En la foto que ilustra esta página, perteneciente a la fototeca de la Universidad de Sevilla, se observa el aspecto que ofrecía la calle Imagen antes de su transformación; aspecto que contrasta notablemente con el que muestra hoy día, en vísperas por cierto de una nueva transformación, equiparable en impacto a la primera.
El Colegio de Arquitectos de Andalucía Occidental recibirá mañana uno de los reconocimientos que otorga el Ayuntamiento con motivo del Día de Sevilla con el que se quieren premiar los servicios prestados por esta institución, paradójicamente, en lo relativo a la protección del patrimonio histórico y que son innegables, se ha citado el caso de la destrucción del Puente de Triana, que frenó el Colegio. Ello, empero, contrasta con la cobertura dada a iniciativas urbanísticas como los proyectos Metropol o La Piel Sensible. El enigma probablemente nos será aclarado por las candidaturas de las próximas elecciones municipales, donde tal vez veamos asomar alguna pajarita.

N. d A. Al final, el decano del Colegio de Arquitectos, a quien aludía la insinuación de la pajarita, se acabaría desmarcando públicamente de la dinámica 'transformadora' del alcalde Monteseirín. No obstante lo cual, dejamos la literalidad del artículo tal y como se publicó en El Mundo de Andalucía.

TOP OF THE ROCK


Hoy haremos cumbre, tanto en la geografía como en la biografía. En lo más alto de la ciudad se guarda lo que queda de la memoria de un hombre que también llegó a la cima. Como legado, dejó dos apellidos que a partir de él permanecerían siempre unidos: Rojas Marcos.


 

La saga de los Rojas-Marcos, paradigma de los triunfadores, pero también de los liberales outsiders, tal vez sería digna de una recreación literaria, incluso si me apuran, hasta de una serie de televisión. Sólo la historia del patriarca, del hombre en quien vinieron a reunirse para siempre jamás esos dos apellidos, ya daría para una crónica, no sólo de una vida, sino de toda una época; de España en general y Sevilla en particular. Naturalmente, de esa historia no se acuerda casi nadie. Aunque, a decir verdad, resulta complicado acordarse de aquello de lo que jamás se supo nada. Seamos sinceros: son muy pocos quienes podrían decir quién fue Manuel Rojas Marcos, casi tan pocos como los que saben que la calle de la ciudad que lleva su nombre es exactamente el punto geográfico más alto de Sevilla, de suerte que la cima de una ciudad y de un hombre vinieron a coincidir exactamente en el mismo sitio. Y ahí es donde hoy vamos a parar con la pretensión de hacer juntos este doble descubrimiento: el geográfico y el biográfico.
A lo largo de las últimas semanas estuvimos merodeándola, pasando alrededor, recorriendo las calles que, en pendiente, bajaban desde ella, pero hoy, por fin, ha llegado el momento de subir a lo más alto. Aquí, en la cima de la costanilla de San Isidoro, entre el oratorio de San Felipe Neri y las viejas y nobles casonas que albergan la Fundación Gota de Leche o el Museo Flamenco de Cristina Hoyos, debió de estar el lugar donde cuentan que los primeros pobladores de Sevilla mantenían reunido su ganado para protegerlo de las crecidas de un río Guadalquivir que por aquel entonces ni siquiera se llamaba Betis todavía. El lugar es intrincado, se halla emboscado en lo más espeso, también lo más noble, de la trama urbana del casco. Es literalmente imposible que un camión pueda llegar al ensanche, casi una plazoleta, que forma la calle antes de bifurcarse entre Estrella y Argote de Molina. Hasta ese lugar sólo conducen angostas callejas pura y genuinamente sevillanas que de manera milagrosa permanecen libres de los estigmas que sufren otras no muy lejanas a cuenta del negocio del turisteo. Aquí no hay camisetas, ni paellas, ni sangrías. Hay silencio. Un silencio hondo y antiguo, como si la zona permaneciera en una eterna hora de aquellas siestas durante las cuales había que guardarse de hablar en voz alta y los niños, al menos los niños buenos, no salían a la calle.
Precisamente Alta se llamó la calle antes de que fuera rebautizada con el nombre de Manuel Rojas Marcos, uno de sus más ilustres vecinos. Alvarez Benavides cuenta que en algún tiempo también llevó el nombre de San Alberto, por estar en ella la iglesia dedicada a este santo. Detalla el susodicho Alvarez-Benavides que la vía ‘ocupa uno de los puntos más céntricos de la ciudad, y si bien no es de mucho tránsito, tanto por la clase de sus edificios cuanto por su vecindario, figura entre  las primeras de la ciudad’. Allá por la segunda mitad del siglo XIX, que es cuando esta fechada la cita, entre los ilustres vecinos de la calle Alta estaba don Constantino de la Huerta, que tenía en ella una fábrica de licores. Imaginar hoy en día una fábrica, aunque sea de licores, en esta calle, es mucho imaginar.
Hasta principios del siglo XX no se instalaría Manuel Rojas Marcos en la calle que habría de llevar su nombre. Nuestro protagonista había nacido el año 1869 en Morón de la Frontera. Estudio Derecho y se fue a Madrid para trabajar como pasante en el despacho de Eduardo Dato, quien sería presidente del Gobierno. En 1900 abrió su propio bufete en Sevilla, que llegó a ser con el tiempo el más importante de la ciudad. Fundó la Liga Católica y en 1918 fue elegido como diputado a Cortes, ocupando el puesto de vicepresidente del Congreso. Hombre de derechas, pero liberal, mantuvo una postura política distante del caciquismo imperante en la Andalucía rural de la época. En Sevilla también fue protagonista de la vida cultural, fue miembro de la Academia de Buenas Letras, y de la religiosa. Hermano de la Santa Caridad, trató muy de cerca de dos personas que acabaron siendo elevadas a los altares: fue el abogado que llevó los asuntos jurídicos a Sor Angela de la Cruz y mantuvo una estrecha relación el cardenal Marcelo Spínola, a quien su familia, que había residido en la calle Capuchinas, frecuentó desde su época de párroco de San Lorenzo.
Manuel Rojas Marcos fue también elevado a los altares laicos de la inmortalidad y los honores civiles, rotulando con su nombre precisamente la calle Alta donde había venido a instalarse. En el Top of the Rock de una Sevilla que él alcanzó tanto física como profesionalmente.
Cuando en 1920 Manuel Rojas Marcos murió, el cardenal Enrique Almaraz encareció a su viuda, Ignacia Lobo, a que uniera para siempre los dos apellidos del prócer para que las futuras generaciones los siguieran ostentando. Y dicho y hecho.

Se publicó en El Mundo de Andalucía el 7 de junio de 2010