domingo, 16 de noviembre de 2014

SEVILLA SUBTERRÁNEA



La calle Don Remondo se llamó Horno de las Brujas pues cerca de ella aparecieron unos misteriosos subterráneos donde los antiguos situaban las ‘escuelas de magia diabólica de los moros’. Se tardó siglos en averiguar que no eran sino restos de unas termas romanas.


Calle Argote de Molina, donde estaba el legendario 'Horno de las Brujas'



La leyenda urbana describe el subsuelo de Sevilla como una laberíntica trama de pasadizos secretos y galerías ocultas que recorren la ciudad en todas direcciones. Túneles para trasladar el oro traído de América desde el río hasta un lugar seguro, corredores subterráneos que salvan toda clase de obstáculos, incluido el Guadalquivir, para comunicar castillos o fortalezas militares; minas horadadas por avaros judíos con el fin de ocultar en ellas sus ricos tesoros y, por supuesto, misteriosas estancias soterradas que servían de escondrijo y guarida a brujas, demonios y seres del más allá.
Hay leyendas sobre túneles que llegan hasta San Juan de Aznalfarache, de comunicaciones subterráneas que, partiendo de la Giralda, se dirigen hacia todas las iglesias de la ciudad. Raro es el palacio o el templo en el que no se refiere la existencia de algún misterioso pasadizo secreto.
Todas las culturas que se instalaron en Sevilla habrían realizado su contribución a esa misteriosa red de comunicaciones subterránea. Desde los romanos, los árabes y los cristianos medievales hasta cierto potentado contemporáneo que ha comunicado discretamente varias de sus propiedades a través de unos pasillos abiertos bajo la piel de la ciudad.


Apeadero de la Casa de los Pinelo, desde el que se puede acceder a unos subterráneos



Defensor de la existencia de esa intrincada red de galerías subterráneas, el historiador José María de Mena propuso hace años explorarla detenidamente; empresa para la que, en su opinión, sería necesario adoptar ciertas precauciones, entre ellas, proveerse de ‘armas de caza mayor’ en previsión de que ahí debajo los exploradores pudieran toparse con alguna sorpresa desagradable en forma de bicho poco amistoso.
Un día más, hemos de citar en esta página al divulgador decimonónico Alfonso Alvarez-Benavides, quien en sus artículos periodísticos recopilados en el libro ‘Curiosidades Sevillanas’, editado por la Universidad Hispalense y la asociación de libreros de viejo, refiere la existencia, y aún describe los detalles, de una buena porción de esos misteriosos subterráneos. Lo cual no quiere decir que en todos los casos su pormenorizado relato los libere del halo fantasioso y legendario que los envuelve. Especialmente, en el caso del subterráneo que asegura existe bajo la iglesia de San Nicolás, el cual estaría comunicado con la iglesia de la Trinidad, lo cual implicaría un pasadizo de más de un kilómetro, suponiendo que fuera en línea recta.
Habla también Alvarez-Benavides, y esta vez lo describe con bastante detalle, de una construcción subterránea, compuesta por varias galerías y salas, en una de las cuales se halló una piedra circular que habría servido de mesa -quién sabe para qué tipo de secretos rituales-, que fue descubierta en 1864 con ocasión del derribo de la Puerta de la Barqueta. En su opinión, tal obra pudo haber sido de origen romano. Lo curioso, sin embargo, es la ubicación de la misma, prácticamente extramuros.
Ya en el interior de la ciudad, refiere el divulgador la existencia de unos subterráneos en la calle Rodrigo Caro, a los que se accedía desde algunas casas cuyos propietarios cegaron las puertas que comunicaban con ellos, convencidos de que por aquellos pasadizos sólo podían transitar demonios. Una creencia que habría avalado, de ser cierto, el descubrimiento que, según nuestro autor, se produjo en la calle Mateos Gago, llamada entonces de la Borceguinería, donde durante unas obras se encontró una puerta que conducía a una estancia de planta octogonal en el centro de la cual había una mesa de mármol negro alrededor de la cual había varios esqueletos humanos sentados en unos escaños de piedra.
Los antiguos no consideraban nada extraño la existencia de tan misteriosas estancias en esta zona de la ciudad, pues en la misma no sólo habían vivido los moros, sino también seres de peor catadura aún: los judíos. De ese modo, fue habitual que proliferasen leyendas sobre la existencia de tesoros que los hebreos mantenían escondidos y de cuyo paradero no quisieron dar noticia a quienes los acabarían masacrando. A este respecto, Alvarez Benavides cuenta la hilarante historia de unos tipos que, excavando en busca del tesoro de un judío, lo que acabaron encontrando fue un pozo negro que hicieron estallar con sus golpes, viniéndoseles encima todos los detritus que desde antiguo contenía.
De todos los subterráneos de los que habla la leyenda, el único del que se ha comprobado su existencia y ha podido ser objeto de un estudio más o menos detenido, fue el que se halló en el siglo XVI bajo una casa de la calle Abades y que el vulgo conoció durante siglos como el Horno de las brujas, pues un erudito como Gonzalo Argote de Molina aseguraba que allí estuvieron las ‘escuelas de magia diabólica que tuvieron los moros’. Rodrigo Caro, todo un pionero de nuestra arqueología, refirió el ‘temor y espanto’ que sintió al penetrar en tan lóbrega edificación y recorrer sus galerías. Sin embargo, ya en el siglo XIX, una vez que la Ilustración y el Liberalismo habían hecho efecto, empezó a verse aquello con otros ojos. Bernard y Elena Wishaw, dos ingleses que vivían en la cercana calle Ángeles, donde poseían una interesante colección arqueológica, sostenían que se trataba de un templo tartésico dedicado al sol. Y ya José Gestoso apunta la tesis definitiva de que se trataba de unas termas romanas, cosa que han corroborado las investigaciones más modernas.

Palacio de Bustos Tavera, de donde partía un pasadizo subterráneo, hoy tapiado.


Hay, no obstante, noticias, indicios y datos de que nuestro patrimonio subcutáneo no se queda ahí. En la calle Bustos Tavera, por ejemplo, se han encontrado tramas subterráneas de origen y destino desconocido. Vecinos antiguos aseguran haberlas recorrido, comprobando que llevaban, cuando menos, desde el ex convento de la Paz hasta el monasterio de Santa Paula. Quizá la hipótesis de José María de Mena no era tan descabellada. Lo cierto es que ahí abajo, en lo más profundo, existen cosas que desconocemos. Un mundo ignoto que, sólo si nos atrevemos a penetrar en él alguna vez, podremos saber si merece o no la pena, si debe o no darnos miedo.

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