lunes, 13 de febrero de 2012

LA PLAZA DE SAN MARTIN

ENTRE LA GLORIA Y EL PURGATORIO


Unos extemporáneos y enigmáticos azahares, florecidos el día de Epifanía, nos han traído hasta la plaza de San Martín, cuya iglesia podría guardar el gran enigma de la Semana Santa de Sevilla: un hombre del que no sabemos nada. Juan de Mesa y Velasco se llamaba.

La iglesia de San Martín en 1937.

¿Sabían que las imágenes más conmovedoras y devotas de la Semana Santa de Sevilla se labraron en una de las calles más sórdidas de la ciudad? No.  Seguramente no lo sabrán, porque de la vida del hombre que las talló lo único que se conoce es apenas un párrafo, siempre el mismo, que todos los historiadores del Arte hispalense, con alguna honrosa excepción, repiten como papagayos en esos libros que escriben con apariencia de obras sesudas, tan llenos de citas, siempre las mismas citas, una prosa empalagosa y fotos a todo color en papel cuché. Nadie o casi nadie, se ha preocupado por saber cuánto hay de verdad en esa breve sinopsis biográfica que sistemáticamente reiteran, ni tampoco por desvelar los misterios que en ella se plantean. A saber, ¿qué hizo desde su nacimiento en Córdoba hasta que cumplió los veintitrés años, demasiados como para entrar de aprendiz en el estudio de Martínez Montañés? ¿Cuál fue la verdadera enfermedad que lo llevó a la tumba con cuarenta y cuatro años? Y, sobre todo, ¿por qué no supimos nada de él durante tres largos siglos? Por supuesto, no sabemos nada en absoluto acerca de su aspecto. Ni siquiera está claro que los huesos que, según el sacristán de San Martín, se custodian en la cripta de la parroquia, guardados en una caja que lleva su nombre, sean en realidad los suyos.
Puerta de la iglesia de San Marín 'decorada' por 'artistas urbanos'.

 
Alguno lo habría tomado por un hecho sobrenatural, un milagro de Epifanía, pero que aquel naranjo estuviera cuajado de azahar un seis de enero era un suceso claramente obrado por causas naturales. Un invierno travestido de primavera es motivo suficiente como para provocar ese sencillo prodigio que, a su vez, suscita en las pituitarias más sensibles el ejercicio de la evocación, transportando los espíritus hacia el onírico y emocional país de las vísperas de la Semana Santa. Pero, milagro o no, que oliera a azahar el día de la Función Principal del Gran Poder fue un magnífico pretexto para salir en la persecución del fantasma del hombre que, labrándolo, fue capaz de mostrarnos en madera lo más parecido que en el mundo pueda existir al rostro de Dios.
El Señor del Gran Poder fue tallado en la sórdida calleja donde Mesa tuvo su taller.
(Foto Alvaro Pastor Torres)

A través de un laberinto de umbrías y húmedas callejas se llega hasta la plaza de San Martín. Aunque a primera vista no se note, se trata de un pequeño promontorio levantado en lo más intrincado de la ciudad. Las dendritas que parten de esta neurona urbana son las calles Cervantes, Viriato, Quevedo, Morgado, Saavedras y Divina Enfermera, éstas dos lo hacen describiendo una suave pendiente que delata la diferencia de altura entre esta collación y sus barrios aledaños de la Feria y la Alameda. La última de las calles citadas se llamó hasta hace unos años Lerena y en ella más que divinas enfermeras lo que había en abundancia eran humanas enfermedades; demasiado humanas tal vez. Sífilis, gonorrea y todo cuanto se contagiara como penitencia por pecar contra el sexto mandamiento. Ahora es otra cosa, pero hasta hace no mucho, esta callejuela que desemboca en la plaza de la Europa estaba todavía infestada de sórdidos burdeles, casas de putas de baja estofa, sitios en general poco o nada recomendables, a cuyas puertas, no necesariamente apoyadas en el quicio de la mancebía sino sentadas en sillas tapizadas de skay, aguardaban a la clientela y ofrecían sus servicios a quienes por allí pasaran las honradas y sacrificadas jornaleras del sexo de antaño. Mujeres derrotadas por la vida que, sin saberlo, ejercían el oficio más antiguo del mundo justo en el mismo sitio donde habían sido creadas las imágenes religiosas a las que aferraban las pocas esperanzas que aún pudieran quedarles.
Antes de llamarse Lerena, la calle Divina Enfermera se había llamado, precisamente por esa pendiente (o rampa, según en qué sentido se recorra) que describe, Costanilla de San Martín. En la Costanilla de San Martín fue donde tuvo su casa y taller el misterioso Juan de Mesa que apenas estuvo  diez años en activo como maestro trabajando por cuenta propia. Pero ni siquiera nos interesan esos diez años. Bastan dos, los que van desde 1618 a 1620. Porque en tan breve plazo de tiempo, Mesa revolucionó la escultura barroca sevillana, creando un canon que aún sigue vigente, y lo hizo tallando algunas de las más portentosas efigies religiosas de todos los tiempos, entre ellas, la más portentosa de todas: el Señor del Gran Poder. Pero de esa sórdida calleja del barrio de San Martín también salieron, por poner sólo tres demoledores ejemplos, el Cristo del Amor, el Cristo de la Buena Muerte y el Cristo de la Conversión. ¿Qué clase de genio tuvo que ser Mesa para en tan poco plazo ser capaz de concebir y crear una colección de obras de arte tan colosal? Ningún investigador ha logrado averiguar dónde aprendió ni como empezó, todos son suposiciones, hipótesis. Se sabe que Juan de Mesa se incorporó como aprendiz al taller de Martínez Montañés a una edad ya muy avanzada para ello. Y que esa fue precisamente la época en la que Montañés hizo sus obras más notables en las que, según Jorge Bernales, Mesa debió intervenir sin duda.

Panrámica de la actual calle Divina Enfermera, antigua Costanilla de San Martín.

Siete años después de creadas obras tan capitales, y habiendo realizado otras muchas más de igual mérito, Juan de Mesa murió de no se sabe qué. Se especula con que pudiera haber sido una tuberculosis, pero no es más que eso, una especulación. Tenía cuarenta y cuatro años, su muerte lo sería en todos los sentidos. Murió su carne, pero también su recuerdo. El nombre de Juan de Mesa se olvidó, se supone que, en principio, de forma interesada. Hay quienes culpan a Pacheco, el suegro de Velázquez, pero éste no es el único que lo ignora en sus crónicas. ¿Por qué? Nadie ha logrado saberlo a ciencia cierta. Ni siquiera el haber formado parte de la mesa de gobierno de la hermandad del Silencio lo salvó de ese extraño e inexplicable, desde luego injusto, ostracismo al que fue sometido.
Nacido en 1583, en su partida de bautismo, consta que era hijo de Juan de Mesa y Catalina de Velasco, pero hoy en día no se puede considerar más que a Heliodoro Sancho Corbacho, Celestino López Martínez, Antonio Muro Orejón y José Hernández Díaz como los verdaderos padres de este insigne y enigmático artista, cuyas investigaciones permitieron devolverle, aunque con trescientos años de retraso, la gloria a la que su obra le había dado derecho.

Placa dedicada a Juan de Mesa en la fachada de la iglesia de San Martín

 
Instalado ya para siempre su nombre en el Olimpo, considerado como el referente indiscutible de la escultura barroca sevillana, Juan de Mesa cuenta ahora con una calle en Santa Catalina, un monumento en San Lorenzo y una placa en la iglesia de San Martín que lo recuerdan. Sin embargo, aún resulta intrigante preguntarse por qué razón para alcanzar esa gloria debió esperar trescientos años, confinado en un purgatorio que, en cierto modo, todavía no ha abandonado.

Se publicó en El Mundo de Andalucía el 9 de enero de 2012


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