domingo, 13 de octubre de 2013

LA NOCHE DE OTROS TIEMPOS

Sus nombres nos suenan a todos: Vespino, Hiroshima, Payaso, Molino Rojo. Eran como tiendas de barrio donde se expendía lujuria al detall. Mas, como les pasó a los comercios de ultramarinos, las whiskerías también debieron ceder el paso a las grandes superficies.


Aquella noche, M. se lanzó a deambular por la ciudad. Atravesaba una mala racha y padecía ese insomnio patológico que provocan los problemas sin aparente solución, que son precisamente los que tampoco tienen un origen claro. ¿Por qué, de repente, su matrimonio se había convertido en un infierno que no podía soportar? El caso es que eran las dos de la madrugada y necesitaba un trago. Al final de la calle solitaria vislumbró unas luces de colores que prometían algo de eso y resolvió encaminarse hacia ellas. Al llegar a la puerta comprobó que el local tenía pinta de ser un bar de copas, de esos que entonces la gente denominaba ‘pabs’, como textualmente vio alguna vez escrito, creía recordar que en La Algaba. ‘Pab Copacabana’, o algo por el estilo. El sitio era a unos metros del arco de la Macarena, casi en la esquina con la calle San Luis. La pinta era regular pero no había otra alternativa, de modo que para adentro.
Un presentimiento siniestro lo embargó nada más cruzar la puerta. Fue como si hubiera accedido a otra dimensión. Sin ser un neutrino, estaba viajando al pasado. Pidió un botellín. La sorprendentemente breve estancia (que permanecía envuelta en una penumbra que pretendía ser insinuante pero sólo resultaba tristemente deprimente) contaba con numerosas barras metálicas entre el techo y el suelo. Su fin no era servir de herramientas para las contorsiones eróticas de ninguna stripper, sino apuntalar el local, y probablemente también al personal e incluso la clientela. Como brotada de las tinieblas, una señora con edad para ser su madre se le acercó. Llevaba un tatuaje en el pecho, justo debajo de la clavícula, aunque más que el tatuaje, a M. le llamó la atención su piel, curtida y añosa, ajada por tantas noches vividas bajo la incierta aurora boreal de las luces de neón.
-¿Me invitas, hijo?
-Verá, señora, yo he venido sólo a tomarme una cerveza. ¿Esto no es un bar de copas?
-No, hijo, esto es un club, pero en la puerta no lo pone por respeto a la Virgen.
M. no pudo evitar sentir compasión por aquella mujer, al tiempo que una profunda tristeza. Pagó tres euros por el botellín, que dejó a la mitad, y salió corriendo de allí. Sin saberlo, huía de los restos de un naufragio, aquel local era, en realidad, un pecio hundido en la oscura fosa de la memoria; un rincón fuera del tiempo, el resto arqueológico de algo que hace ya mucho tiempo dejó de ser, dejó de existir.
Por aquel entonces aún no los llamaban puticlubs. En la puerta de aquellos locales ponía Night Club, pero para la gente eran whiskerías. De ahí surgieron los términos whiskera y whiskero, el primero para referirse a las señoritas, de voz generalmente grave y pausada (lo uno por el tabaco, lo otro por el alcohol) que trabajaban en ellas y el segundo para describir a los clientes habituales: tipos cuarentones de barriga protuberante, camisa estampada, a ser posible con motivos tropicales, desabrochada hasta la perpendicular del píloro dejando a la vista la pelambrera pectoral (en aquel tiempo depilarse el pecho , y no digamos ya la cejas, era de maricón) y la cadena de oro, expertos aficionados a las bebidas blancas y fumadores empedernidos de tabaco rubio, Winston, LM o Marlboro a ser posible.
Las whiskerías vivieron su edad de oro a principios de los años setenta, entonces los americanos también tenían por estos pagos un escudo antimisiles, aunque aquellos misiles no apuntaban tanto a Rusia o al Magreb como a estos pequeños locales que en aquellos años en que la moral del régimen franquista se estaba relajando proliferaron como una lúbrica plaga. Los había por todas partes. Desde el Cerro a Santa Clara, Triana y la Macarena, que diría El Pali, a quien Dios tenga en su Gloria. Un caso peculiar fue el barrio de Rochelambert, donde llegaron a coincidir hasta nueve whiskerías abiertas al mismo tiempo. La Casona se llamaba una; otra, Beethoven; si bien, la mayoría no tenía más nombre que la luz roja de la puerta.
Aunque en reputación estaban parejos, unos night clubs cobraron más fama que otros. El que más, sin duda, fue el Club Payaso, ubicado en la Enramadilla, que es como se llamó toda la vida de Dios eso que ahora la gente conoce como 'el Viapol'. El Club Payaso estaba junto al Bar Asturias y su apogeo, que lo tuvo, provocó la aparición en la zona de otros locales similares, como el Club Trébol y alguno más que durante unos años hicieron de la Enramadilla una suerte de trasunto del Barrio Rojo de Amsterdam. Todos ellos, empero, desaparecerían en vísperas de la Exposición Universal de 1992, arrastrados por la marea de escombros provocada por las transformaciones urbanísticas a las que el evento dio lugar.
No lejos de la Enramadilla, en la barriada Condes de Bustillo, estaba el Club Molino Rojo. Otro clásico. Se trataba de un garito minimalista y, como es lógico, oscuro, obviamente sin nada que ver con su homólogo parisino. Era lo que era y nadie esperaba encontrar en él más espectáculo que el que, de vez en cuando, pudiera dar algún borracho. El Molino cerró hace años y el local fue transformado en una tienda de informática.
Rojo era también el paraguas que daba nombre a una whiskería trianera, ubicada en la plaza de Chapina, también minimalista y embozada en la penumbra, cuya fachada fue engullida por el edificio del hotel Abbas. Y rojo igualmente era el ciclomotor que, eternamente aparcado en el techo de un local comercial de la avenida de la Cruz del Campo, donde soportaba estoicamente chaparrones y solanas, anunciaba la presencia del llamado Club Vespino. En su lugar, hubo luego una inmobiliaria que, a su vez, había sustituido a un bar especializado en mariscos. Sin comentarios.
Otro de los clásicos fue el night club Hiroshima, ubicado en la avenida de Miraflores, whiskería que estuvo funcionando (es un decir, porque cuesta trabajo creer que allí entrara nadie) hasta hace no demasiado tiempo. Ahora, tras unos cuantos años de una clausura que acaso hayan servido para que expiase sus lascivas culpas, acaba de reabrir transformado en bar de tapas. Ustedes mismos.
Como exóticos reductos de aquel ayer ya definitivamente ido, hoy en día aún permanecen abiertos algunos de esos garitos, aunque seriamente amenazados por la competencia de las grandes superficies instaladas en los polígonos industriales. El Meli en el Plantinar, el Eva (que comparte el logotipo de la manzana mordida con los Beatles, Steve Jobs o la ciudad de Nueva York) en Ciudad Jardín o el Madame Chicho en la calle Rockero Silvio de los Remedios. Nos guste o no, forman parte de nuestro paisaje cotidiano y, aunque no necesariamente de nuestra experiencia vital, sí de nuestra memoria sentimental y hasta de nuestro idioma. Lo que ya no se sabe es por cuánto tiempo.

1 comentario:

  1. Me alegra mucho la vuelta de Blog. El nombrecito del Madame Chicho es rancio, porque remite a "Las mamachicho", unas señoritas que aparecían en los inicios de Telecinco hace un cuarto de siglo. Me permito añadir "Atracciones Viñablanca", casi frente al Vizcaíno de Montensión, y "La vaquita", cerca de la Alameda, a la que un cliente prendió fuego.

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